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Post-tratamiento

¿Qué hago con el miedo? Sobre el Después de haber tenido Cáncer

¿Qué hago con el miedo? Sobre el Después de haber tenido Cáncer
Mariana Naiman
Mariana Naiman

Psicóloga, Terapeuta Contextual, Especialista en Psicoprofilaxis Quirúrgica, ex paciente de Cáncer

El Cáncer puede haberse ido de nuestro cuerpo, pero: ¿Cómo nos deshacemos de él en nuestra mente? ¿Podremos alguna vez dejar de pensar en el Cáncer y en el miedo a que vuelva?

Hace cinco años tomo Tamoxifeno a diario desde que terminé el tratamiento por Cáncer de mama. Esa medicación -como me explicaron-, sirve para bajar al mínimo las hormonas del cuerpo. No quiero imaginar los desequilibrios que me ha producido tomarlo. Varios fueron más que evidentes, incómodos e indeseables: sofocones incendiantes, disminución del deseo, aumento de peso, cambios en el metabolismo, engrosamiento del endometrio, aparición de quistes en el útero, etc.

Hoy, finalmente me libro de esa condena de tomar Tamoxifeno todos los días de mi vida. Lo considero el cierre del tratamiento. Los controles seguirán, pero dejar de tomar la medicación es como haber llegado de alguna manera al final de cierto camino. Y eso amerita una celebración. Significa que estoy en un momento en que el riesgo de tener una recidiva es igual a la posibilidad de cualquier persona de desarrollar Cáncer. Es decir, dejo de estar bajo la mira. Ha llegado este momento con el que soñé hace mucho tiempo.

Sin embargo, contrariamente a lo esperado, no es sólo felicidad lo que experimento. Siento mucha ambigüedad. A pesar de mi descontento, la medicación me ofrecía una cuna protectora. Un andamiaje repelente de recaídas. Un ayuno para las hambrientas hormono-dependientes células cancerígenas.

¿Qué va a pasar ahora que eso va a dejar de estar?

El alivio que produce dejar de tomar la medicación -debido a que uno está ya aparentemente fuera de peligro- deja en evidencia un paisaje de desolación, de desprotección sideral. Me deja desnuda y sola y eso me da miedo. Se siente como si la red que tenía este tiempo bajo la soga donde hacía equilibrio ya no está. Ahora, a hacer equilibrio todos los días de esta vida, sin red que ataje.

Se siente como los bebes que están aprendiendo a caminar: para lograrlo solos necesitan que los suelten, pero: ¿qué miedo da estar en esa situación no?

¿Qué hacemos con el miedo entonces?

La mayoría de nosotros lo que genuinamente ansía es dejar de experimentar miedo. De pronto se transforma en una meta a alcanzar: Querer dejar de tener miedo por completo.

Pues bien, aquí va la respuesta no tan alentadora: Ese miedo probablemente nunca se vaya.

El miedo llegó para quedarse y cualquier intento o deseo por eliminarlo, sólo nos traerá mayor malestar. Ahora debemos cambiar nuestro paradigma, nuestro plan, nuestra ilusión de control y nuestros deseos por liberarnos de emociones que no quisiéramos tener.

Debemos hacer un cambio Copernicano en nuestra manera de concebirnos en la vida: a partir de ahora será con miedo. Miedo a las manchitas, a los lunares, a las pelotitas, a los eventuales dolores, a las historias que escuchemos de lo que les sucedió a otros y otras. A partir de ahora debemos aprender a convivir con la pregunta: “Será Cáncer?” “Volvió el Cáncer?” porque es una vocecita que no se irá. Será como una radio que nunca se apague y en cada situación en la que pueda hacerse oír, lo hará.

Pero que no cunda el pánico que hay varias estrategias que podemos aplicar para aprender a convivir orgánicamente con él.

¿Qué hacer entonces con nuestros miedos?

Aquí van algunas observaciones para vincularnos con el miedo desde otro lugar:

Proporción-Tamaño:

El problema con los miedos es que generalmente los sentimos enormes e inmanejables. Tomemos prestada la ecuación que explica cómo funciona el Stress para pensar en los miedos: El Stress es el resultado de las demandas por los recursos que sentimos tener para hacer frente a esas demandas. Es decir, si siento que lo que se espera de mi es demasiado y que no cuento con estrategias para hacer frente a ello, voy a sentir mucho Stress. Por el contrario, si siento que tengo recursos para lidiar con lo que se me está presentando como desafío, el Stress será bajo o nulo. Con el miedo sucede lo mismo. Si sentimos que la situación es demasiado grande y que nuestros recursos para afrontarla son demasiado pequeños, experimentaremos excesivo temor. ¿Qué podemos hacer entonces? Traer los miedos más cerca nuestro. ¿Cómo? identificándolos, nombrándolos, plantearnos qué podemos hacer con ellos, cuáles son nuestras opciones. Crear recursos nos permitirá achicarlos y manejarnos mejor con ellos al sentir que los tenemos más a nuestra altura.

Te propongo un ejercicio: imagínate tu miedo como si fuese una montaña enorme, de a poco comenzá a acercarla a vos, cada vez más, viendo como a medida que se acerca se va reduciendo en tamaño, cada vez más y más hasta que termines visualizándola como una pequeña piedra que cabe en tu mano.

Exteriorizarlos:

Los miedos se agrandan cuando nos quedamos a solas con ellos. Van creciendo y creciendo cuando no podemos compartirlos con alguien, ponerles palabra o sacarlos para afuera. Muchas veces sentimos que vamos a quedar expuestos al juicio de los demás y por eso no lo hacemos. Otras veces nos vemos sometidos a la invalidación involuntaria de los otros. ¿Qué quiere decir esto? Que los demás, -por no saber qué hacer con lo que nos pasa-, nos invitan a que cambiemos nuestro estado anímico induciéndonos a pensar o sentir algo “más positivo”. Es importante comprender la necesariedad de compartir lo que nos pasa frente a los que nos rodean y expresarles genuinamente todo lo que estemos experimentando, -independientemente de cuál sea su manera de recibir esa información-. Quizás podamos también expresarles cómo nos ayudaría que puedan acompañarnos, ya que muchas veces no saben cómo hacerlo. Entonces en lugar de callar, podemos pedir qué y cómo. El hecho de verbalizar los miedos los atenúa porque necesariamente debemos ordenarlos para darles forma al exteriorizarlos.

Te propongo sentarte a escribirlos. Un papel por miedo.

Fusión:

Solemos quedar fusionados con algunos miedos. Los experimentamos y no nos damos cuenta de que ellos no son nosotros. Es decir, a veces sentimos que somos eso a lo que le tememos. Sentimos que todo nuestro ser se pierde y queda fusionado y tomado por ese miedo y que no queda otra cosa de nosotros más que ese temor. Sentimos que somos ese miedo cuando no podemos tomar distancia y adquirir perspectiva. Para poder adquirir dicha distancia, te invito a reflexionar sobre la forma en que pensamos las cosas: por ejemplo: No es lo mismo decir “tengo miedo de no poder con esto” a decir “estoy teniendo el pensamiento de que no voy a poder con esto por el miedo que me da”. Obligatoriamente pensar así nos permite “ver” al miedo con distancia.

Te propongo entonces un cambio en la manera de vincularte con tus emociones y pensamientos, cambiando así, el encuadre desde donde mirás a tus miedos. Te invito a ver A tus pensamientos/emociones en lugar de ver DESDE tus pensamientos/emociones.

Perspectiva:

Como decíamos entonces: No somos nuestro miedo, somos mucho más que eso. Somos un racimo de emociones, una infinidad de estados, una multiplicidad de tonos. Mirar al miedo desde la distancia nos permite adquirir perspectiva y así lograr defusionarnos de él, permitiéndonos ver las otras cosas que también nos habitan y atraviesan. No somos nuestros miedos nada más. Poder conectar con las otras cosas que también somos nos permitirá pararnos en otro lugar frente a los miedos.

Te propongo conectar en estos momentos con todos los demás “gajos” que te conforman y que te hacen ser quien sos. Todas esas otras vetas de tu persona que te constituyen también. Para lograr mayor perspectiva, imaginate a vos mismo como un gran rompecabezas conformado por cientos de diversas piezas que te representan también: no sólo tu miedo, también tu bondad, tu empatía, tu empuje, tu disciplina, tu sensibilidad, tu fortaleza, tu curiosidad…

Impermanencia:

Normalmente solemos referirnos al miedo como que se ha instalado en nosotros. Le adjudicamos una entidad de inamovilidad, de permanencia. Lo experimentamos como algo rígido, pesado y estable. Incluso en algunos idiomas enunciamos que estamos tomados por el miedo, que “somos” miedo. ¿Qué tal si en lugar de considerarlo de esa manera intentamos cambiar la forma en la que nos contamos lo que nos sucede y comenzamos a hablar de que el miedo “nos visita”, que el miedo está en nosotros en estos momentos de nuestras vidas? Gran diferencia la de ser y la de estar. Una cosa es identificarse completamente y verse uno tomado cien por ciento por ese miedo y otra cosa, bien distinta, es estar sintiendo miedo en determinado momento. Eso nos acerca al concepto de la impermanencia de las emociones. Es decir, comprender que lo que sentimos, en otro momento, se transformará en una emoción diferente. Todo lo que nos pasa, se pasa. Pensar al miedo desde el lugar de una visita y no de una definición de nuestro ser le da mayor liviandad.

Te propongo traer a tu memoria aquellos momentos muy difíciles que te haya tocada experimentar en algún momento de tu vida (por ejemplo, una separación, una muerte, una ofensa, una frustración). Probablemente en aquel momento tenías la sensación de que no ibas a salir más de ahí o que por siempre sentirías lo que te atravesó en ese momento. ¿Te quedaste efectivamente así para siempre?

Categorización y Flexibilidad:

Tenemos la tendencia a categorizar todo lo que nos rodea. Esto nos ayuda a vincularnos con el mundo de una manera más ordenada pero también produce otro efecto que es el de dejarnos “presos” de dichas categorías. Así como categorizamos el mundo, también lo hacemos con nuestros estados anímicos y pensamientos. Solemos denominarlos buenos o malos, positivos o negativos. Y eso obligadamente nos empuja a querer eliminar de nuestra vida todo lo que consideremos negativo. El miedo entra en esta categoría de las emociones o los pensamientos negativos, y por ello, vamos a querer que deje de formar parte de nuestro repertorio emocional diario. ¿Te imaginás qué pasaría si en lugar de considerar al miedo como algo negativo -que debería desaparecer de nuestra vida- pudiéramos integrarlo y considerarlo como una emoción más? ni buena, ni mala, sino neutra, simplemente como es.

Te propongo comenzar a tomar conciencia sobre la forma en que relatás/te relatás lo que te sucede. ¿Te animás a hacerlo sin adjetivos? (Ni grande, ni alto, ni chiquito, ni demasiado, ni …)

Función

Es muy importante reconocer la utilidad que tienen las emociones. El para qué están. Cumplen una función adaptativa, es decir, nos ayudan a adaptarnos al medio. Por ejemplo, la tristeza permite un nivel de introspección para refugiarnos en nosotros mismos y poder reflexionar. El enojo genera recursos para defendernos y poner límites frente a lo que nos hace mal. El asco nos produce rechazo a lo que nos puede perjudicar. El miedo nos prepara para la huída, el afrontamiento o la protección ante un inminente peligro.

Te propongo reconocer para qué está ese miedo que viene a visitarte, qué función está cumpliendo, qué viene a decirte. Por ejemplo, si te da miedo hacerte alguna intervención o seguir alguna prescripción, quizás, en el fondo, contenga ahí cierta información que no le estés dando lugar, como la desconfianza que te genera ese tipo de tratamiento, o esa elección que hizo tu médico por vos, o la diferencia de criterio que tenés con alguien, etc.

Interpretación:

El problema nunca son las emociones o los estados que sentimos sino las interpretaciones que hacemos de ellos: “no debería sentir esto”, “si siento esto quiere decir que algo está mal”. Sentimos que el miedo no debería estar ahí. Sentimos que el que esté ahí quiere decir que hay algo malo. ¿Qué tal si cambiamos nuestro paradigma sobre las cosas y comprendemos que todo lo que experimentamos es correcto sólo por el hecho de que efectivamente nos está sucediendo sin hacer juicios de valor acerca del porqué está allí?

Te propongo que te imagines al mayor miedo que tengas como un libro muy pesado a sostener con ambas manos. Ahora, comenzá a agregarle virtualmente más libros encima, libros enormes y pesados (esos representan tus luchas y tus juicios de valor) ¿Podés imaginar el peso y la dificultad para sostenerlos todos juntos?. Bien, ahora te propongo que elimines virtualmente todos aquellos libros que le fuiste sumando al original. Volvé a quedarte solamente con el primer libro, ¿se siente un poco más liviano ahora.

Aceptación:

Perseguir la meta de querer que el miedo desaparezca por completo sólo producirá mayor resistencia a lo que indefectiblemente nos está sucediendo. Cuanto más nos peleemos con lo que nos pasa, más se afianzará. Cuanto más queramos evitar aquello que no estamos pudiendo controlar, más tiempo perdurará en nosotros intensamente. Permitir y habilitarnos a sentir lo que sea que nos visite ayuda profundamente a dejar de pelearnos con aquello que nos pasa -y que de todas maneras nos pasará-, nos resistamos o no.

Transformación:

Entonces, no podemos elegir sentir o no miedo, -porque estará ahí-, pero lo que sí podemos elegir es qué hacer con él. En lugar de quedar presos, con ausencia de recursos y con sensación de que nada podemos hacer con ellos, por el contrario, diseñar maneras de cómo vamos a transitar los miedos nos empodera y nos permite sentir que sí tenemos algo para hacer con aquello que nos pasa que no pudimos elegir. Modelarlos, escribirlos, dibujarlos, pintarlos, fotografiarlos, etc. La creatividad será protagonista aquí. Animarnos a mostrar cualquier manifestación que nos convoque. Escuchar esa llamita interna de crear algo diferente y animarnos a exponernos. Cualquiera sea la transformación de esos miedos que nos surja, nos permitirá sentir que tenemos algo para hacer con ellos.

Te propongo ahora sentarte a comenzar aquello que venís pensando hace un tiempo que te gustaría hacer. O si nada se te ocurrió hasta el momento, sentarte ahora mismo a hacerlo. No hace falta que seas “bueno” en algo. Cualquier cosa, -sólo por el hecho de que es tu propia creación-, va a ser buena.

La buena noticia:

Conciencia y Tiempo:

Entonces, adquirimos conciencia de que el miedo nunca se irá por completo. Lo que sí sucederá es que a medida que el tiempo pase, se irá dando un proceso de habituación y naturalización que orgánicamente ira disminuyendo en intensidad la presencia de los miedos. El saberlo ya nos permite situarnos frente a ellos en otro lugar.

Nuestro norte entonces será dejar de tenerle miedo a tener miedo.

Te propongo darle la bienvenida a tus miedos, invitarlos a pasar a tu vida (pretender dejarlos afuera sólo los fortalecerá). Darles la mano y dejarlos sentarse en tu regazo. Acariciarlos, reconocerlos, nombrarlos, mirarlos a los ojos. No juzgarlos ni querer cambiarlos o erradicarlos. Escuchar qué vienen a decirte. Aceptarlos. Compartirlos. Transformarlos. Integrarlos al resto de las otras emociones que sentimos a diario. Tus miedos se sentirán mucho más manejables de esa manera.

Psicodibujos Mariana Naiman

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